
Tardes de viento en la playa volando cometas que parecían llegar al cielo.
Cada domingo, junto al olor de periódico recién comprado, traía una chuchería para las dos (un tiburón, del que siempre dejaba la cola para el final).
Mañanas en el parque, donde cada columpio, tobogán o sube y baja cobraban vida y formaban parte de una historia distinta cada vez que íbamos.
En Semana Santa, subidas en los palcos, cuando aún no teníamos uso de razón, nos pasábamos los jueves, viernes y sábados santos jugando al veo veo, y de vez en cuando caía una bolsita de cacahuetes.
Ilusionadas, nos despertábamos en altas horas de la noche cada 6 de enero, esperando encontrar todo lo que habíamos pedido a los reyes; y así era… los zapatos estaban llenos de sugus… y nunca encontramos carbón.
Siempre encontrábamos dinero en el asiento trasero del coche del abuelo, que sin duda era invertido en chucherías, nuestro mayor tesoro por entonces.
Museos, obras de teatro o conciertos de música clásica, nos hacían olvidar el mundo por unas horas.
Él nos daba paseos en la moto por el recinto de la urbanización, y siempre esperábamos a que la cogiera para aprovechar y que nos diera una vuelta. Nos sentíamos las más afortunadas.
Algunas noches nos contaba cuentos de un tal gnomo o duende sabelotodo si mal no recuerdo, que iba por el mundo conociendo los sitios y cosas que lo forman. Yo siempre me lo he imaginado con barbas blancas y un gorrito rojo, a juego con sus pantalones y tirantes; una amplia sonrisa, y unos zapatos peculiares, aunque no sería igual para todo el mundo, claro está.
Siempre lo recuerdo en el ‘cuarto verde’ cortándose y limándose las uñas, con esa lámpara amarilla y esa mesa de madera, que aún siguen allí.
Lo arreglaba todo, todo y todo.
Recuerdo cómo hicimos cariocas con tierra de unas obras y un trozo de tela. Después le poníamos papel de color blanco y azul cortado en tiras y una cuerda atada a su alrededor para lanzarla hasta lo más alto. Muchas acabaron embarcadas en árboles lógicamente…
Mi primer día en bici sin las dos ruedas lo recuerdo como si fuera ayer; de repente miré hacia atrás y él ya no sujetaba la parte trasera de mi sillín…estaba andando yo sola.
Siempre buscaba algo que ya no estaba en su sitio, entonces era cuando le preguntaba a ella.
Íbamos a Ecovol en coche para acompañar a hacer la compra como niñas buenas, y Jose Luis Perales estaba presente en todas nuestras visitas en el polo blanco de ella. A veces también echaba gasolina y limpiaba el coche allí.
Él ponía siempre así o chirigotas de Cádiz.
Ella hacía la comida en la cocina, nos enseñó a coser, cosa que nos tuvo entretenidas una época que duró poco, la verdad.
Nos ayudaba con los vestuarios de los bailes para el colegio y los disfraces para los teatros.
Preparamos postres muchas veces: trufas de chocolate con virutas, tarta de queso hecha con cuajada, y como no la deliciosa tarta de galletas de la abuela.
Leía cuentos antes de que el sueño nos invadiera, y cada noche nos daba un beso tras recitar el ‘jesusito de mi vida’.
Le gustaba comer regaliz negro ‘Pepe’ aunque últimamente se ha aficionado a los regalices rojos de caja grande. También comía rebujito de frutos secos con ese envoltorio amarillo y negro inimitable, mientras tomaba el sol en la playa.
Llegamos a ser clientes ‘VIP’ de mayoral, aunque también del corte inglés, del cual lo seguimos siendo.
Me sostuvo en una mano cuando nací. Al parecer no dí muchos problemas, aunque le causé una gran pena por mi hermanita, ya que la pobre tan sólo tenía un año, y tuvo que dejarla algunos días.
Nos hacía reír con la canción del gatito misifú.
Seguramente guardó algún diente de leche, mientras se hacía pasar por el misterioso ‘Ratoncito Pérez’, y también alguna carta de reyes.
En tardes aburridas, hacíamos teatros con nuestros muñecos Mysweetlove y Martita, llevándolos al médico, haciéndoles las comidas y disfrazándolos o llevándolos al balneario entre otras cosas; haciendo figuras con el keenex, que nos tenía atareadas horas y horas, para al final tener que meterlo todo en la caja otra vez…
Me regalaron un peluche precioso de París, un caballo que aún conservo, y que ya va a llegar a la decena de años, pero sin duda es al que más quiero y al que me aferro cuando algo me ronda por la cabeza. Se llama Trudi. A mi hermana le trajeron a Baby, que era un elefante vestido de traje de chaqueta verde con pajarita y una corona, que seguro que habréis visto alguna vez, lo especial de ese peluche era que dentro tenía una caja de música, con la que nos hemos dormido más de una vez.
Cenas en la terraza del antiguo piso de la playa mientras veíamos como se apagaba la luz del sol y disfrutábamos de la compañía familiar.
Tardes de ver el ciclismo en la dos, esperando a que él se durmiera para cambiar el canal.
Cuando encontramos un móvil el día de reyes pensamos que era para nosotras, pero era para ella. Fue una gran desilusión.
Viajes a Portugal en días lluviosos, en busca de pijamas, manteles, sábanas… Siempre recuerdo los perros de porcelana que había por allí.
A ella le encanta arreglarse, y él siempre le regala cosas para que esté más guapa todavía, y que a ella sin duda le encantan.
A él siempre le gusta dar alguna que otra sorpresa, cuando puede, cosa que he heredado sin duda.
En el Parque de María Luisa siempre íbamos a los leones de piedra y al lago de los patos a darles gusanitos de comer.
Un globo el día de la cabalgata de reyes no podía faltar.
Él nos enseñó a nadar y a tirarnos de cabeza en la piscina.
Nos disfrazábamos con la ropa y el maquillaje de ella.
En la plaza de Triana siempre nos montábamos en aquella especie de tiovivo.
Los domingos por la mañana patinábamos y veíamos teatros de marionetas, o el planetario, en Puerta Triana.
Fuimos a una academia de sevillanas para aprender y conseguimos el ansiado traje de flamenca; ella nos acompañó a comprarlo.
Cuando él se iba a trabajar en su turno de noche al hospital, veíamos una película con ella, arropadas junto al brasero y comiendo helado o frutos secos.
Navegábamos con nuestra barca hinchable por el mar, pero siempre se pinchaba…
Él nos subía en sus hombros y nos hacía saltar al agua.
Ella siempre nos preguntaba la lección y nos acompañaba al ortodoncista, para lo cual era una aventura aparcar.
Él y ella… ella y él…
Ellos han hecho posible que yo sea yo, y les doy las gracias por ello. Gracias por estos pequeños pero valiosos recuerdos.