domingo, 9 de noviembre de 2014

La Inopia.


         Que con los pies en el cielo todo es más fácil y la cabeza en la luna y los ojos al sol. Que ir a contracorriente no es más que un deber a veces, porque la vida es arte, y de nosotros depende su valor. Que los lienzos no se pintan solos, que no os engañen esos hombres trajeados con  maletines a prueba de balas y la tinta de sus plumas de fénix. Que por algo se empieza y, mejor soñar despiertos que dormir en La Inopia. La Inopia sí, ese estado de embriaguez y enajenamiento donde nos encontramos la mayor parte del tiempo, imperturbable por cierto; ya se puede estar cayendo el mundo que La Inopia se adueña de nuestro cerebro de manera tajante e impecable. Que todo el que calla, no es que otorgue, es que sabe que el silencio es un arma letal y penetrante y además está en La Inopia. Que el que no cree es porque no sabe de forjar ilusiones de luchar por lo suyo, por su vida, por su arte. Y que el arte no se compra, ni se vende, ni se siembra, ni se copia, ni se truca, ni se equipara; cada arte lleva su tiempo, madura o no según se torne o se retorne, según se mire o se admire, según se encuentre.


Pero La Inopia es un arte invisible, una virtud grandiosa, un mar de posibilidades donde los barcos navegan con rumbo pero sin destino fijo, son veletas presas de ideas superfluas e inacabadas que, en potencia, son algo. Que no cualquiera se mete en berenjenales por causas imposibles, arriesga el ser y la valentía. Que no cualquiera puede decir que tiene el arte de estar en La Inopia, pues de ella pueden salir cosas dignas de magnificar. Allí no vale jugar al tocado y hundido, que no hay oportunidad sin cien intentos, que no hay fracasos. Que estás sólo, que te escuchas a la fuerza y gritas al vacío sin miedo a ser juzgado, en La Inopia eres tú, sin tus circunstancias. Tu otra vida, tu ser paralelo, envidiado por ti. Si te asomas a ella te quedas para siempre, te atornilla, te impregna y te invade los sesos, te consigue, te cala, te obsesiona; creedme es el mejor estado del mundo. Una pena que haya tantos de vosotros con los pies en el suelo, porque en el cielo no hace falta llevar zapatos.  






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